Conocéis mi nombre. Pero no me conocéis a mí. Vuestros historiadores me llaman seductora, pero siempre fui esclava del amor. Vuestro dramaturgos hablan de brujería, pero mis talentos procedían de los mismísimos dioses. Vuestros poetas cantan sobre mi sed de sangre, pero siempre estaba protegiendo a mis hijos. Con qué empeño se niegan a reconocer que una mujer podía ser poderosa, estratégica, gobernar por ...
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