El siglo XV no fue un mero preludio del Renacimiento, ni tampoco su anticipación histórica. Fue algo más extraño, más oscuro y más hermoso: el último resplandor de un mundo exhausto que vivía con una urgencia desesperada, brillante y brutal, como si intuyera que se le acababa el tiempo. Un mundo donde las campanas gobernaban el ánimo de ciudades enteras, los predicadores provocaban llantos ...
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