Escribir un poema te llena de dicha. Como una mendiga que entierra su tesoro, sonríes en silencio, el mundo te acompaña un trecho del camino; sientes su vecindad, ya no estás sola, ya no eres frágil, ya no te duelen las rodillas, podrías encaramarte a un árbol y retar desde allí a tus poetas a que suban contigo a otear un paisaje que existe ...
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